Representa a la Virgen de pie, sobre la media luna y una serpiente de gruesas espiras, portando un libro abierto en la mano izquierda; en la mano derecha, hoy perdida, llevaría el ramo de azucenas símbolo de su pureza. Muestra la cabeza ladeada, con los ojos entornados y espesos cabellos ondulados, cubierta con una toca anudada sobre el pecho, donde luce una joya redonda de las habituales en Juni. Los ropajes envuelven a la figura, distribuyéndose en grandes masas de abultados pliegues que determinan esas formas rotundas y redondeadas, correspondientes a la serenidad expresiva del último período de producción del imaginero castellano. No falta en esta escultura, de 127 x 50 cm, el característico movimiento helicoidal, muy manierista. La excelente calidad de la talla se refuerza con el dorado de la policromía y el tratamiento de las carnaciones que contribuyen a alcanzar su expresión final de acentuada naturalidad.
Es obra documentada de Juan de Juni, quien la cita en su testamento como encargo de doña Inés Pérez de Belmonte, en 1577, para su capilla funeraria en el convento de San Francisco de Ourense. La imagen, que supone la llegada a nuestras tierras del influjo directo de la escultura castellana del momento, obedece al tipo iconográfico establecido por Juni en la escultura de la Purísima del retablo de La Antigua de Valladolid y en la de la iglesia de El Salvador de Arévalo (Ávila). Corresponde a la etapa final de producción del artista de origen borgoñón que personaliza, junto a Berruguete, la principal contribución a la escultura del renacimiento español y que va a dejar una profunda huella en buena parte de la escultura manierista gallega hasta comienzos del siglo XVII.
Más información: Pieza del mes de marzo de 1999