Llave romana de hierro de “tipo lacónico” con paletón de tres dientes, doblado formando ángulo recto con la tija ensanchada en el extremo superior, donde se sitúa el anillo de suspensión. Este tipo de llave abría cerraduras, posiblemente de madera, de ahí que no se conserve ninguna, con un mecanismo consistente bien en desplazar en sentido horizontal un pasador, bien en levantar por medio de los dientes el mismo número de levas que caen por gravedad, en ambos casos la puerta queda libre. La llave lacónica, que parece ser de origen egipcio, la encontramos también en Grecia y fue perfeccionada por los romanos, dándole ese aspecto terminado en argolla, mejorando y diversificando el mecanismo de funcionamiento, pasando del dispositivo por traslación o por elevación al de rotación.
El uso de la llave está ligado a la utilización de la puerta, y como tal a los pueblos sendentarios. Pero la llave no solo es un utensilio de uso cotidiano, sino que a lo largo de su historia encierra un fuerte simbolismo que se hace patente tanto en la mano de los dioses como de los simples humanos.